Hoy el tour empezaba a las 6 de la mañana. Desayunamos en valle escondido y continuamos hasta Escudo Jaguar para abordar la lancha y realizar el recorrido por el río Usumacinta, que separa Guatemala y México y te permite ver a los monos colgados de los árboles e incluso cocodrilos, hasta llegar a Yaxchilán "piedras verdes" y ver las ruinas arqueológicas acompañados de los gritos de los monos aulladores durante todo el recorrido. Menos agradables eran los mosquitos y las hormigas que en el momento que te pararas, aprovechaban para morderte.
Después de comer fuimos a Bonampak, otra zona arqueológica que destaca por tener pinturas conservadas de manera excelente con buenos dibujos y muchos colores sin restaurar, hasta el famoso y misterioso azul maya.
Al terminar nos dejaron en unas cabañas rústicas en Lacanjá. Eran de madera con listones que dejaban huecos entre ellos, el techo de hoja de palma que, por suerte, tenía una mosquitera entre el techo y las paredes. Las mosquiteras eran tiras de tela que la mayoría no estaban unidas y dejaban auténticos agujeros. Entraron pocos mosquitos y, las ratas, que debían tener los nidos en las palmas, caminaban tranquilamente por las mosquiteras y no nos caían encima. Con qué poco se conforma uno a veces. Se escuchaban pájaros y las ratas entre la mosquitera y las hojas, pero se escuchaba más a los vecinos porque compartíamos techo. El aseo de hombres y mujeres era el mismo recinto separado por una pared de 2 metros de altura, aquí también era el techo igual sin llegar a la paredes. La zona del váter no tenía ni pestillo. Vamos, no era el mejor sitio para sentirse íntimo. El agua fría, claro. A las 20 nos dieron de cenar quesadillas y poco más porque apenas había gente y los pocos, se quedaron en sus habitaciones.
Cenando conocimos a Liliana, una niña de 12 años que vendía sus pulseras. Nos contó que vivía a 2'5 km de este sitio y que iba y venía andando, que vendía sus pulseras porque el 25 empezaba la escuela (5º curso).
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