La amenaza de Huracán Earl seguía en pie y el puerto cerrado. Alquilamos unas bicis por 150 pesos cada uno y nos fuimos hacia el oeste de la isla. Como estábamos alojados un poco al este del centro, primero cruzamos la zona de la isla con más movimiento y poco a poco nos fuimos metiendo en caminos más solitarios y más pequeños.
Las lluvias habían dejado todos los caminos con charcos no aptos para escrupulosos. Son lo suficientemente hondos como para que entre el pedal entero de la bicicleta y lo suficientemente largos como para tener que pedalear sin parar para pasarlos. Muchos cangrejos que esquivar y, cada parada para hacer una foto, suponía el límite de estrés por estar envueltos en una nube de mosquitos.
Con las piernas llenas de barro y sudando la gota gorda pese a que estaba nublado y no nos quemaríamos, llegamos al vertedero y cementerio de la isla, están uno al lado del otro. De allí fuimos hacia punta coco y paseamos por la playa viendo las ruinas y leyendo las frases poéticas que en ellas aparecen.
Decidimos darnos un baño para calmar el calor sin saber lo que nos venía encima. El huracán se había desviado hacia Belice y aquí había pasado a ser tormenta eléctrica como leímos más tarde, y en el baño nos cayó un torrente de agua helada que hacía muy incómodo salir del agua y mucho más pensar en coger una bici. Apartados de todo, teníamos una arbolada delante de nosotros y el mar amplio, vacío y poco profundo donde estábamos metidos cuando empezamos a ver rayos. La tormenta se vio venir como una honda expansiva y nos absorbió al instante. Igualmente los rayos y sus correspondientes truenos hicieron lo propio, aunque más despacio y permitiéndonos pensar si sería mejor resguardarnos debajo de los árboles o quedarnos en el agua, porque coger la bici y salir de allí era imposible. Lo de los árboles teníamos claro que no y, como el agua nos mantenía el cuerpo a una temperatura agradable, ahí nos quedamos. Tan fuerte era la tormenta que impedía ver a pocos metros y perdí las gafas y el tubo de bucear. Los rayos se aproximaron, los veíamos a nuestra derecha, luego enfrente y finalmente los vimos alejarse hacia el centro de la isla. Fue un rato tenso por desconocimiento.
Nuestra intención era pasar el día fuera, pero tras el espectáculo, volvimos a casa a relajarnos unos minutos y ponernos algo de ropa seca que, aunque se iba a mojar, nos hacía pensar que estábamos mejor. Fuimos a comer al centro viendo un partido de fútbol olímpico México - Alemania (2-2) y por la tarde todo fue genial.
Llegamos hasta la zona este de la isla, sin lluvia ni sol, clima perfecto. Vimos flamencos rosas, muy rosas y unas playas increíbles. Conocimos a Matías que nos hizo reinos un rato y por la noche devolvimos las bicis y comimos tacos árabes con agua de Jamaica y de Tamarindo.




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